viernes, 30 de septiembre de 2016

¿Público o privado?

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Crear un blog para ayudarme a reflexionar y para documentar mi proceso de cambio metodológico es una cosa. Difundir mis reflexiones, mis éxitos y mis fracasos, mis dudas y mis zozobras, difundiendo estos contenidos y compartiéndolos con mis compañeros y amigos es otra bien distinta. Creo que aún me siento como un inseguro principiante en esta nueva manera de enseñar, y eso me produce gran inquietud y mucha vergüenza. Sin embargo, me he animado a pasar el enlace de este blog a algunos profesores y amigos, confiando en que esto me ayude a consolidar los pasos que voy dando y a encontrar apoyo y refuerzo por su parte. Sería estupendo que, además, estas personas en las que he confiado quisieran compartir conmigo sus comentarios y sugerencias para ayudarme a mejorar y para alimentar mi ilusión con nueva energía y con sus palabras de aliento. 

Cambiar no es fácil. Las costumbres arraigadas y las formas establecidas de hacer las cosas que nos han funcionado durante mucho tiempo tienen un gran peso que actúa como un obstáculo para la transformación. Pero atreverse a reconocer que el cambio produce desasosiego e incomodidad es aún más difícil, porque nos expone a la mirada de los otros y nos hace vulnerables. Sin embargo, algo muy importante que he aprendido últimamente es que reconocer nuestra vulnerabilidad, aunque doloroso y expuesto, es también una secreta fuente de fortaleza y de autenticidad. Ojalá esta franqueza me sirva para crecer y me dé la confianza que necesito para seguir adelante con mi viaje.

Quedaría, no obstante, el último y definitivo paso, el más comprometido, el que más miedo me provoca, que sería compartir este blog con mis propios alumnos. Creo que esto sería posible, al menos, con los más mayores, mis estudiantes de Bachillerato, que tienen la edad y la madurez necesaria como para comprender la importancia y el riesgo de un cambio de este calado. No obstante, aún me falta la decisión para atreverme a hacer algo tan comprometido. ¿Alguien me anima a intentarlo?

martes, 27 de septiembre de 2016

No es tan sencillo


Después de varios días tratando de poner en práctica en mis clases esta nueva manera de enseñar, creo que ya puedo decir que me he encontrado con las primeras dificultades. ¡Ya iba siendo hora! Tampoco se puede esperar que todo salga bien a la primera, claro está. El caso es que noto una gran diferencia entre las clases de Valores Éticos (para alumnos de entre 12 y 16 años) y las de Historia de la Filosofía, dirigidas a alumnos de 2º de Bachillerato. Por lo que he experimentado hasta ahora, me ha resultado mucho más fácil modificar mi manera de enseñar con los alumnos más pequeños, mientras que el cambio metodológico me resulta mucho más complicado con los estudiantes más mayores. En gran parte esto puede deberse al peso académico de la asignatura, mucho mayor en el caso de la Historia de la Filosofía que en la optativa de Valores Éticos. Pero también creo que tiene que ver con el complejo y extensísimo contenido expositivo de la Historia de la Filosofía en 2º de Bachillerato, que lleva a muchos profesores a convertir sus clases en densas e inacabables conferencias sobre los 12 autores del temario. 

Precisamente la idea de intentar el modelo de la "Flipped classroom", utilizando para ello el libro de texto que he escrito para esta asignatura, pretendía evitar ese enfoque transmisivo, aburrido y pesado que solía caracterizar mi manera de enseñar esta materia. Ahora que muchos de mis alumnos ya han adquirido el manual, me sorprende encontrar que aún siguen tomando apuntes de mis explicaciones en clase en lugar de subrayar o comentar el texto que tienen ante sus ojos. ¿Será que estoy haciendo algo mal? A lo mejor debería sustituir por completo mis explicaciones por una opción alternativa, como por ejemplo pidiéndoles a ellos que sean los que expliquen el tema a sus compañeros haciendo turnos y poniéndoles nota de acuerdo con su exposición. O tal vez sería bueno, como sugiere la orientadora, que yo me animase a grabar mis propias explicaciones en vídeo, para que los alumnos pudieran, al estilo americano, verlas en casa y aprovechar la clase para debatir o para hacer actividades. Sin embargo, siempre me queda la duda de si este enfoque estaría a la altura de las necesidades de unos alumnos que deben, con muy poco tiempo y mucha presión, prepararse adecuadamente para unos exámenes oficiales en los que se juegan su futuro académico en la universidad. Hasta ahora siempre me había limitado a hacer experimentos con gaseosa, dejando aparte las clases de 2º de Bachillerato por lo serio y comprometido que es este curso. ¿Será quizá este el momento para intentar ir un poco más allá, atreviéndome a probar con más audacia esta metodología  alternativa? ¿No encontraré resistencias por parte de los propios alumnos y de sus familias, que en el fondo lo que quieren es encontrar a un profesor "que explique bien" para entender los contenidos y memorizarlos de cara a sus exámenes? ¿Qué pensarán mis compañeros y mis superiores administrativos de todas estas innovaciones? Y sobre todo, ¿qué pienso yo mismo? ¿Estoy de verdad decidido a cambiar? ¿No seré yo mismo, con mis miedos y mis inseguridades, quien anda intentando sabotear el éxito de esta nueva forma de enseñar?


lunes, 26 de septiembre de 2016

Homenaje al flexo

Hace un par de días una gran amiga, con la que he compartido muchas conversaciones sobre la educación, después de echar un vistazo a este blog, me escribió sorprendida para comentarme que echaba en falta algo importante. Cuando he tratado de explicar los motivos que me han impulsado a cambiar mi manera de enseñar he hablado de mi insatisfacción en el aula, de mis viajes, de mis cursos y de mis reflexiones, pero no he hecho ninguna referencia al flexo, que tan destacado papel ha tenido en mi evolución personal de los últimos años. Creo que es de justicia que hoy me detenga un poco a explicar en qué consiste el flexo y cuánto le debo.

Creo que para entender lo que es el flexo lo mejor sería empezar por imaginarse a un grupo de profesores relativamente jóvenes, ilusionados con su trabajo, llenos de entusiasmo y de energía. Sin embargo, pese a sus mejores intenciones, las cosas no son fáciles para ellos, porque les ha tocado desempeñar su labor en  un centro educativo muy difícil, con alumnos de muy diversa procedencia étnica, entre los cuales hay algunos que desconocen el español, otros que rechazan por completo el sistema escolar y otros que manifiestan actitudes agresivas, desafiantes y a menudo violentas. Esta situación es especialmente complicada, porque estos profesores tienen la impresión de que el equipo directivo dista mucho de estar a la altura de las dificultades y los retos que plantea una escuela tan compleja. La falta de liderazgo, de trabajo en equipo y de directrices comunes obliga a cada profesor a buscarse la vida como buenamente puede, tratando de sobrevivir en un entorno hostil y agobiante que pesa como una losa sobre sus conciencias. La mayoría no tiene más opción que ponerse la armadura antes de entrar en el aula, confiando en que de algún modo el tiempo pase rápidamente y finalmente suene la campana antes de que suceda una catástrofe. A veces, cuando a última hora de un viernes el profesor sale de una clase especialmente difícil en la que ha tenido la impresión de no haber sido capaz de enseñar nada, todo el empuje y la ilusión con la que inició su vida laboral parecen venirse abajo. Lo único que perdura es un sentimiento de frustración sin límites, de impotencia, de futilidad y de vacío que se extiende como una sombra durante todo el fin de semana. A esta depresiva sensación se suma la triste convicción de no ser un buen profesor, de no estar sabiendo responder a las dificultades, de no estar capacitado para ayudar a estos alumnos difíciles, que son quienes más lo necesitan. 

En esos primeros años de mi vida profesional experimenté a menudo este doloroso sentimiento de fracaso, que era doblemente amargo porque la vergüenza me hacía incapaz de compartirlo con nadie más. Sentirse frustrado, inútil e impotente es terrible, pero es mucho más aterrador sentirlo a solas sin poder hablar de ello con los demás, que posiblemente también se sienten así. Efectivamente, no era yo el único que se sentía de ese modo. Un día, de la forma más casual e inesperada del mundo, un grupo de varios profesores nos encontramos, sin saber cómo, lamentándonos amargamente de nuestro dolor y de nuestra tristeza. De forma natural surgió la necesidad de vernos, de comentar cómo nos sentíamos, de arroparnos unos a otros en nuestro dolor, de imaginar entre todos una solución, de unirnos para intentar recuperar un pequeño atisbo de esperanza.

Así fue como empezamos a vernos, primero informalmente y luego de manera más estructurada, una vez al mes, para compartir nuestras reflexiones sobre la educación y para abrirnos a esos sentimientos y emociones que nos arrollaban. En el grupo pronto descubrimos tanto amor y tanta apertura que acabamos por llamarlo el flexo, ya que igual que esta familiar lámpara nuestras reuniones estaban llenas de luz. Sin embargo, el flexo también era un espacio de profundización en nuestros más oscuros y temibles rincones, en nuestros miedos profesionales y en nuestros bloqueos como personas. En cierto modo, era algo así como un grupo de terapia sin terapeuta y sin red, un lugar en el que muy a menudo podías acabar abriendo tus entrañas y exponiéndolas ante los demás, sin que nadie supiera muy bien cómo volver a colocarlas en su sitio para cerrar la herida. De hecho, después de mis reuniones del flexo yo a menudo regresaba a casa con mis heridas abiertas. Unas heridas, además, que tardaban días en dejar de sangrar. Es cierto, no obstante, que el flexo me ayudó mucho a reflexionar y a encontrarme, a comparar mi manera de entender la vida y la educación con la de personas muy diferentes a mí, a tomar decisiones importantes y a ser consciente del lugar que ocupo y del que quiero ocupar en el mundo de la enseñanza. Por todo ello creo, sin duda, que debo estarle muy agradecido. Sí, claro que el flexo también ha tenido mucho que ver en mi decisión de ponerme en marcha para cambiar mi manera de enseñar. ¡Gracias de corazón por recordármelo y por haber compartido conmigo todo este trecho del camino!

Pero creo que la mejor manera de entender cómo el flexo ha contribuido a hacer de mí la persona y el profesor que voy siendo es abrir una ventana a los textos que escribí para nuestras reuniones. He aquí unos cuantos que pueden servir de muestra...




viernes, 23 de septiembre de 2016

¡Manos a la obra!

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Parece increíble, pero finalmente he logrado llegar entero al final de mi primera semana de clase. Quienes nos dedicamos a la enseñanza sabemos que el arranque del curso escolar es siempre un momento difícil, pero si a esta circunstancia habitual se le suma el intento de cambiar la estrategia pedagógica y la forma de relacionarse con alumnos y profesores, el reto se convierte en algo casi sobrehumano. Cuando algún amigo que no se dedica a la educación me pregunta por los agobios y las angustias que suelo sufrir en los meses de septiembre y de junio, trato de explicarle lo que me sucede con un ejemplo de andar por casa que me parece muy clarificador. El curso escolar es, para mí, como un vuelo transoceánico. En una travesía como esa, los momentos más difíciles, cuando las cosas se complican y algo puede salir mal, son siempre el despegue y el aterrizaje. Más allá de estos dos momentos críticos,  la mayor parte del trayecto suele ser suave y regular, de manera que incluso se puede recurrir a utilizar el piloto automático. Pero esas dos etapas cruciales, el inicio y el final del curso, resultan siempre complicadas y están llenas de trabajo, de tensión y de retos no siempre fáciles de superar. 

En especial, el mes de septiembre es para mí especialmente exigente. La planificación de las clases, la preparación de material, el diseño del enfoque global que voy a dar al curso en mis asignaturas, el encuentro con más de doscientos alumnos que en ocasiones son completos desconocidos para mí, las prisas, los trámites burocráticos, las reuniones... hacen de este mes un verdadero maratón que pone a prueba mi resistencia física y psicológica. Después de mi primera semana, me parece que tengo razones para sentirme razonablemente satisfecho con este trabajo, puesto que he logrado comenzar a hacer las cosas de otra manera. Una manera que me hace sentir mucho más libre, más cómodo y más seguro en mis clases, y que me da la impresión de que motiva, engancha e interesa a los alumnos mucho más que antes. Una muestra de lo que hago puede verse en algunas de las presentaciones que he preparado para guiar mis clases en la asignatura de Valores Éticos, y que he puesto a disposición de los alumnos en los blogs que he creado para alojar los recursos y materiales de aula con ellos. ¡Espero que os gusten!



jueves, 22 de septiembre de 2016

Un regalo para compartir



¡Qué regalo tan fabuloso me han hecho mis alumnos de bachillerato! Cuando les pedí que escribiesen algo acerca de sus vidas, lo cierto es que no sabía si esa propuesta les iba a parecer inadecuada o excesiva. Lo que les sugerí es que intentasen responder a tres preguntas: 1) ¿De dónde vengo?, 2) ¿Dónde estoy?, 3) ¿Hacia dónde me encamino?, pero sin darles más precisiones de extensión, de formato o de orientación. Quería que fueran ellos quienes, libremente, decidieran pensar acerca de sí mismos para intentar encontrarse, en una etapa tan importante y tan conflictiva como la que están atravesando. Para animarles en este proceso de autorreflexión y de búsqueda, les aseguré que aparte de mí nadie iba a leer ese documento confidencial, y les prometí que yo también les contaría en la clase de dónde vengo, dónde creo estar y hacia dónde me encamino.

Esta promesa me ha dado la oportunidad de comentarles, cara a cara y sin miedo, el proyecto de cambio en el que estoy embarcado, y del cual ellos también son en cierto modo protagonistas, puesto que es a mis alumnos a los que principalmente va a afectar mi nuevo modo de enseñar. Así que, también por honestidad, pero sobre todo por confianza y por convicción, me he animado a compartir con ellos mis inquietudes, mis zozobras y mis proyectos como profesor. Hasta ahora yo no era partidario de exponer mis sentimientos y mis dudas ante mis alumnos. Durante mucho tiempo he pensado que un profesor no podía mostrar en público sus incertidumbres ni sus inseguridades, y que los sentimientos tormentosos o las emociones personales debían quedar aparcadas cuando el docente está en el aula. Creo ahora estar descubriendo que, al hacer eso, me estaba perdiendo una parte esencial de la educación, puesto que la conexión con el ser humano a quien trataba de enseñar se hacía mucho más fría y más lejana. Ahora, en cambio, me parece que abrir el corazón, mostrar tu vulnerabilidad, tu ilusión, tu miedo y tu esperanza es la mejor manera de acercarte al otro y de captar su empatía y su interés humano. De hecho, pocas veces he sentido un silencio tan profundo, tan respetuoso, tan atento y tan diáfano como cuando he contado esta mañana en clase cuál es mi trayectoria personal y hacia dónde quiero encaminarme.

Pero lo principal no es lo que yo pueda tener que contar a mis alumnos, sino más bien las extraordinarias historias que ellos me han regalado. Porque lo que me han entregado es un fabuloso tesoro, repleto de emoción, de proyectos, de energía y de horizontes abiertos. Late en esos textos toda la pasión de la juventud, toda la esperanza viva ante el futuro, toda la fe en la posibilidad de hacer realidad los sueños y cambiarlo todo. Cuando alguien como yo, con cuarenta y cuatro años, lee algo así, resulta inevitable sentirse conmovido. Desde luego, en las reflexiones de mis alumnos también palpita la confusión, la incertidumbre, la desorientación y el miedo ante lo desconocido. Pero estos sentimientos, tan comprensibles y naturales en un joven que se encuentra en el trance de definir su futuro académico y profesional, no empañan la profunda ilusión y la maravillada alegría de vivir que, como un torrente, desborda los márgenes del papel en el que escriben y de las aulas en las que estudian. Al leer sus palabras me he dado cuenta de cómo el tiempo y los desengaños me han vuelto más escéptico, más prudente, más conformista y más viejo. Escuchar sus historias y aprender de sus ilusiones me ha servido para recuperar una pizca de ilusión ante el futuro y para recordar que, aunque mis horizontes ya no parezcan estar tan despejados, siempre hay un mañana por escribir. Me sentiría orgulloso, feliz y agradecido si quienes han de hacer realidad nuestro futuro son personas tan llenas de empuje, entusiasmo, alegría e ilusión como estos alumnos a los que tengo el inmenso privilegio de tener en mi clase.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

No todo es siempre color de rosa




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No sé cuál será la impresión que este blog pueda producir a quien, por azar o por curiosidad, haya leído mis reflexiones y comentarios, pero después de pensarlo un poco me parece que el tono general es sumamente optimista. Hoy, sin embargo, me gustaría dar una visión algo distinta, que acercando mis propósitos a la cruda realidad que un profesor de a pie ha de vivir cada día en las aulas pueda al mismo tiempo servir de crítica hacia un sistema sobrecargado y de contrapunto a los buenos propósitos que demasiado a menudo pecan de excesivamente ingenuos.

Para explicar con algo más de claridad lo que quiero decir no se me ocurre mejor ejemplo que ese juego de malabares que algunos llaman "los platos chinos". Este asombroso ejercicio de destreza consiste en mantener moviéndose al mismo tiempo un montón de platos que giran sobre unas varillas, sin que ninguno de ellos caiga al suelo. Como profesor de secundaria, confieso que a menudo me siento igual que ese pobre malabarista a quien, pese a no tener ni un momento de respiro, están a punto de caérsele al suelo sus platos.

Quienes nos dedicamos profesionalmente a la enseñanza sabemos que este es un trabajo exigente, intenso y a menudo agotador. Somos conscientes de que la preparación de las clases, la corrección de exámenes, la atención individualizada a los alumnos y la intervención en casos específicos requiere tiempo, energía, formación, paciencia y mucho amor. Esto forma parte de nuestras condiciones laborales, que incluyen un buen número de horas de trabajo más allá de las clases que impartimos en las aulas. Pero desde hace unos años, al menos en la Comunidad de Madrid, la presión ha aumentado hasta hacerse casi insoportable. Actualmente, un profesor de secundaria que trabaje en Madrid tiene que impartir 20 horas lectivas semanales, con grupos que a menudo superan la ratio legal y que en ocasiones incluyen alumnos con necesidades educativas especiales, sin apenas recursos de apoyo o desdoble, y a los que hay que sumar tareas de gran compromiso personal como el desempeño de la tutoría o la jefatura de un departamento didáctico. Si además se da la circunstancia de que las asignaturas que imparte el profesor son de 1 o 2 horas semanales, como es mi caso, puede ser que el profesor tenga que ocuparse de 10 o 12 grupos diferentes, lo cual puede suponer dar clase a a más de 200 alumnos distintos. A esto hay que sumar las reuniones de coordinación, los trámites burocráticos que tienden a multiplicarse, y la necesidad de cooperar, en un ambiente no siempre fácil, con los compañeros y los miembros del equipo directivo.

Sé que todo esto no puede ser una excusa para acomodarme en la rutina o para resistirme al cambio metodológico que quiero poner en práctica. Tampoco quisiera que se convirtiera en un argumento para la resistencia o para el lamento. Simplemente quería dejar constancia de que para que mis buenos propósitos se conviertan en realidad es necesario tener en cuenta la verdadera situación de partida en la que me encuentro. Este año me corresponde impartir clase de seis asignaturas diferentes y se me han asignado más de 220 alumnos distintos. En estas condiciones, algo tan importante y tan elemental como llamar a cada estudiante por su nombre requiere del profesor un esfuerzo de memoria casi sobrehumano. Por todas estas razones, los últimos días, que han estado llenos de ilusión y de entusiasmo, también han sido para mí unas jornadas larguísimas, estresantes y agotadoras. No he parado de trabajar ni un momento, y eso que el curso no ha hecho más que empezar.

Como todos los años, confío en que este angustioso síndrome de los "platos chinos" sea solo un episodio temporal, circunscrito al turbulento inicio del año escolar. Pero creo que cualquier proceso de cambio también tiene que contar con esta realidad, que está ahí y que forma parte, aunque no nos guste, de nuestro trabajo como profesores. El reto, creo yo, está en aprender a vivir estas dificultades desde otro sitio, sin perder mi centro, recordando en todo momento qué es lo verdaderamente importante para que el árbol no me impida ver el bosque. ¿Seré capaz de hacerlo, aunque los platos amenacen con caerse de un momento a otro?

martes, 20 de septiembre de 2016

¡Tengo un plan!

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¡Ya estoy manos a la obra! Como parte de las tareas del curso de formación que realicé este verano, he elaborado un plan de acción para el cambio metodológico. Siguiendo el método GROW que vimos en el curso, he tratado de precisar las diferentes acciones que podría llevar a cabo para modificar mi manera de enseñar. Este el proyecto concreto que espero ser capaz de desarrollar en las próximas semanas. ¡Espero que os guste!

lunes, 19 de septiembre de 2016

Corazones que abrazan

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Parece mentira, pero después de casi veinte años dedicándome a la educación, y tras cuatro cursos seguidos trabajando en el mismo sitio todavía siento la inquietud y el desasosiego de un primerizo cuando me enfrento a mi primer día de clase. Supongo, sin embargo, que eso no debe ser fácil de percibir desde fuera. Los años de experiencia me han enseñado a dominar los nervios que todos sentimos en esa clase inicial y la extraña sensación del reencuentro con las aulas después de un largo periodo de descanso y desconexión. Pero este entrenamiento en mostrar una apariencia serena, como la de quien controla la situación y está por encima de ese desasosiego, no puede ocultar el alboroto y el pálpito interior que me conmueven cuando miro, en este día de septiembre que inaugura nuestro curso escolar, las ilusionadas caras de los que van a ser mis alumnos durante todo un año. 

No se trata, en realidad, de desconocidos. A muchos de estos alumnos ya los conozco porque fui su profesor en años anteriores. ¡Y qué alegría me produce encontrarme, cuando los miro cara a cara, con su sonrisa y con la chispeante ilusión de su alegre, desbordante juventud! Es tan hermoso, además, ver cómo esos niños a los que di clase hace unos años se han convertido en jóvenes llenos de vida que parecen dispuestos a comerse el mundo a dentelladas. ¿Sabré yo alimentar ese voraz apetito de aprender, de cultivar el entusiasmo, de abrir caminos y explorar posibilidades? 

Por sus miradas y por sus palabras, me parece adivinar que al menos eso es lo que ellos esperan de mí. Porque hoy, mis alumnos me han regalado el don más precioso que puede recibir un profesor. En sus ojos, en su alegría y en sus palabras he encontrado el cariño, el reconocimiento y la aceptación de quienes experimentan con sincera alegría la ocasión de volver a tenerme como profesor durante unos cuantos meses. ¿Qué más puede esperar alguien que se dedica a enseñar, que este enorme abrazo que me envuelve el corazón? ¡Gracias a todos vosotros por ese inmenso premio! Por mi parte, sólo puedo devolverles el regalo comprometiéndome este año a hacer todo lo posible para estar a la altura de vuestras expectativas y de vuestro cariño. ¡Ojalá las fuerzas y el entusiasmo me acompañen durante el camino!


viernes, 16 de septiembre de 2016

Preparando mi primera clase

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¡Qué poco tiempo queda ya para empezar mi nuevo curso escolar! El próximo lunes comienzan las clases, esta vez de verdad, con todos mis grupos y mis alumnos. ¿Seré capaz, a la hora de la verdad, de sostener este empeño en cambiar mi manera de enseñar cuando aprieten las prisas y las obligaciones? ¿Perdurará en el tiempo mi entusiasmo y mi energía? Supongo que la única manera de saberlo consiste en intentarlo, así que de momento no me queda más que afirmar mi deseo y mi voluntad de encontrar una manera más auténtica, directa, motivadora y divertida de enseñar. ¡Espero que funcione!

Y como muestra de mi convicción, he aquí la primera clase que he preparado para los alumnos de 2º de Bachillerato. Teniendo en cuenta que este curso suele ser el más comprometido, por la presión de los exámenes, por la escasez de tiempo y por el nivel académico que exigen las clases, habitualmente me había negado a hacer experimentos con este tipo de alumnos. En otros años me he metido de lleno en el tema 1 desde la primera clase, dejando apenas tiempo para decir "Buenos días" y comenzando a dictar mi aburrida clase magistral sin parar. 

Pero este año veo la cosa de manera distinta. Para empezar, quiero dedicar mi primera clase a presentarme de manera directa, humana y cercana a mis alumnos. He preparado un documento, titulado "Mi vocación" en el que comparto con ellos quién soy, de dónde vengo, dónde estoy y hacia dónde quiero encaminarme. Mi intención es contárselo en mi primera sesión, antes de empezar con el temario. Y también me gustaría que ellos me lo contasen, escribiendo un breve relato en el que me digan quiénes son ellos, de dónde vienen, dónde se encuentran y a dónde quieren ir.

Y eso no es todo... Aprovechando la circunstancia de que soy autor de un manual de Historia de la Filosofía que vamos a usar como libro de texto, me gustaría también probar este año a invertir el funcionamiento de la clase, según proponen los defensores de la "Flipped classroom". Habitualmente se solía dedicar el tiempo de clase a una explicación magistral del profesor, mientras que se pedía a los alumnos que elaborasen tareas y ejercicios trabajando individualmente en sus casas. La idea de la clase invertida es justo la contraria. Se pide a los alumnos que en sus casas vean un vídeo previamente grabado por el profesor con la explicación, para aprovechar el tiempo de clase en otras actividades que requieren interacción e intervención del profesor. Se me ocurre que eta misma idea se puede hacer, de modo menos sofisticado, con un libro de texto, sobre todo si ese es mi propio libro, con las mismas explicaciones que yo daría en la clase. ¡Veremos si funciona esta idea!

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Rompiendo el hielo


¡Ya me lancé! Hoy ha sido mi primer día de clase, y por fin he tenido ocasión de poner en práctica algunas de las ideas que durante tanto tiempo he ido recopilando. Se trataba, en realidad, de una clase "de mentirijillas" porque los alumnos, en mi centro educativo, no empiezan las clases de verdad hasta el próximo lunes. De todos modos, nos corresponde a los profesores estar con los alumnos en el aula durante una hora, y en ese tiempo se supone que se nos tiene que ocurrir algo que hacer con ellos, aunque en realidad no sepamos si van a ser verdaderamente estudiantes nuestros, porque aún no disponemos de horarios para este curso. Es, sin duda, una situación un poco extraña, pero a la vez una ocasión excelente para probar un estilo nuevo de enseñar. Así que, recurriendo a mi bien nutrido banco de actividades, he ido a clase con una lista de actividades de presentación que incluyen muchos de los ejercicios en los que yo mismo he participado como asistente a mis cursos de formación, confiando en que pudieran funcionar con alumnos de 12 y 13 años igual de bien que con docentes de 40 o 50.

Para empezar, con una clase de 1º de ESO formada por estudiantes recién llegados al instituto y a los que yo no había visto nunca antes, he llevado a cabo la actividad de presentación 3,2,1, inspirada en una tarea que hemos tenido que hacer los profesores participantes en el curso de coaching de la UIMP celebrado en Valencia el pasado verano. Los alumnos tenían que escribir en un papel 3 cosas que querían compartir con nosotros sobre su vida, 2 objetivos que se marcan para este curso escolar y 1 trabajo que les gustaría desempeñar en el futuro. Luego he lanzado una pelota a una persona para que nos lea lo que ha escrito. Ella, a su vez, ha pasado la pelota a otra... y así se nos ha ido la hora entera, en un ambiente muy positivo que ha permitido a los alumnos conocerse mejor desde el punto de vista humano y personal.

Pero cuando he intentado realizar esta misma actividad con alumnos de 2º de ESO, sorprendentemente, la cosa no ha funcionado bien. Muchos de estos alumnos, que ya se conocen entre sí y que ya llevan un año estudiando en nuestro centro, sentían vergüenza de compartir en público lo que habían escrito y han preferido no leerlo. Así que, aprovechando mi batería de recursos de emergencia, he pasado a una segunda actividad. Les he pedido que, trabajando por parejas, escriban las cinco características que, en su opinión, tendría una escuela ideal. Luego los alumnos podían ir al ordenador para escribir sus propuestas, que quedaban proyectadas en la pantalla. Cada una de sus sugerencias era votada, de manera que sólo hemos dejado en el documento final aquellas que contaban con más del 50% de apoyo por parte de la clase. Así, hemos finalmente elaborado una lista con los elementos que a los alumnos les parecen importantes en una escuela de calidad. Esta lista ha sido, para mí, una verdadera sorpresa. Para empezar, me ha permitido escuchar la opinión de los alumnos y conocerlos mejor, algo que con mi método habitual de enseñanza (vertical, transmisivo y muy directivo) no tenía nunca ocasión de hacer. Pero además me ha servido para comprobar que muchas de las propuestas que los alumnos defienden se corresponden punto por punto con las que defienden muchos profesores y expertos en educación, desde la idea de reducir los deberes (como proponen los teóricos de la "Flipped classroom") y dar más peso a la evaluación continua, hasta la propuesta de sustituir los pesados manuales escolares por libros digitales que pueden consultarse en una tableta. Así, gracias a esta sencilla actividad, hoy he comprobado que los alumnos tienen mucho que aportar y que yo, como profesor, tengo mucho que aprender de ellos.

Curiosamente, en sus sugerencias había muchas referencias a las instalaciones, pero ninguna a los profesores o a los alumnos. Así que yo les he propuesto que reflexionen acerca de cuáles son las cualidades que estiman en un docente o en un compañero, para incluirlas en la lista. Por último, ya casi al final de la hora, he pedido que los alumnos piensen en qué grado nuestra escuela real se adapta a esa lista de condiciones que tendría una escuela ideal. ¿En qué porcentaje cumple nuestro centro todos estas requerimientos? He pedido a los alumnos que levanten la mano si creen que nuestro instituto se acerca solo un 10% a la escuela ideal, luego que lo hagan los que piensan que se acerca un 20 %, y así sucesivamente. Las opiniones estaban muy divididas, pero la mayor parte de los votos recaían en el intervalo del 30 al 50 %, lo cual indica que, según la opinión del alumnado, nuestro centro tiene aún mucho que mejorar si quiere aproximarse a la escuela ideal con la que ellos sueñan.

martes, 13 de septiembre de 2016

Lo que he ido aprendiendo


En los últimos años he tenido la enorme fortuna de poder participar en un buen número de estupendos cursos sobre didáctica y metodología, que me han permitido conocer cómo funcionan otros sistemas educativos. Como un ejercicio de recopilación y memoria, quisiera aquí dejar constancia de mi trayectoria formativa, incluyendo también los enlaces a los materiales que fui elaborando en cada uno de ellos.

Mi primer viaje de estas características fue una visita de estudios a Finlandia a comienzos de mayo de 2009. En esa ocasión, diez profesionales de la educación procedentes de diversos países europeos tuvimos ocasión de visitar una escuela durante una semana, asistiendo a las clases de todos los grupos y niveles y compartiendo nuestro día a día con los profesores finlandeses. La foto que encabeza esta entrada muestra este grupo, junto a una de las escuelas que estuvimos visitando. En este tiempo pudimos comprobar cuál es el secreto de la educación en Finlandia, algo que traté de explicar a mi regreso con esta presentación. El completo informe final de nuestra visita ofrece muchos datos interesantes sobre el éxito finlandés y puede servir de estímulo para analizar las virtudes y los defectos de nuestro sistema educativo en comparación.

En el verano de ese mismo año 2009 participé en un programa de inmersión lingüística y formación pedagógica de cuatro semanas que tuvo lugar en Boston, formando parte de un nutrido grupo de profesores españoles. Los docentes estadounidenses nos mostraron cómo funciona su sistema educativo y nos explicaron en detalle cuáles son las técnicas pedagógicas que allí se utilizan. La memoria que elaboré al finalizar este curso, junto con los ejemplos de lecciones que diseñé allí, son una buena muestra de lo que hicimos durante esas semanas.

Tuve ocasión de regresar a Estados Unidos en el verano de 2010, esta vez para realizar un curso en la Universidad Roosevelt de Chicago. Durante mi estancia de cuatro semanas tuve que elaborar un completo portfolio en el que recogí todas las actividades y proyectos realizados en todo ese tiempo.

De entre todos los programas formativos en los que he participado, el que hasta la fecha ha sido para mí el más intenso, completo y valioso fue el que me permitió conocer el sistema educativo inglés durante el otoño de 2015. Durante siete largas semanas que se extendieron entre octubre y noviembre veinte afortunados profesores de la Comunidad de Madrid tuvimos la oportunidad de conocer con gran detalle cómo funciona la educación en Inglaterra. El programa consistía en un primer periodo de tres semanas en el que, asistiendo a clase en la Universidad de Chichester, pude conocer en detalle la organización y el enfoque metodológico que se aplica en las escuelas británicas. Pero la parte más interesante del curso fue la posibilidad de integrarme durante tres semanas completas en las actividades diarias de una escuela secundaria en Chichester. En ese tiempo pude asistir como observador a un gran número de sesiones reales de aula, comprobando así en la práctica cómo los profesores británicos enfocan su manera de enseñar. El programa finalizaba con una última semana en la Universidad, dedicada a reflexionar y evaluar la experiencia. Todos los materiales que elaboré en este tiempo están accesibles en este sitio web. Además, mi balance de este largo viaje queda reflejado en esta presentación, que es la que utilicé para explicar a mis compañeros del centro educativo en el que trabajo qué es lo que había aprendido durante mis siete semanas en Inglaterra.

Gracias a todos estos viajes y cursos he tenido la enorme fortuna de conocer otras maneras de enseñar y de aprender. No sólo me las han explicado, sino que las he vivido en mi propia experiencia como alumno en todas estas sesiones formativas. Pero hasta el momento nunca me he atrevido a ponerlas en práctica en mi propia clase. Creo, sin embargo, que ya ha llegado el momento de intentarlo. Espero que toda este aprendizaje y toda la experiencia acumulada me sirvan de apoyo.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Un decálogo para el cambio

Emprender cambios y enfrentarse a una nueva manera de hacer las cosas no suele ser una tarea fácil. Los psicólogos definen este proceso como la salida de nuestra zona de confort, un lugar en el que sentimos la familiaridad de nuestras rutinas y de nuestros hábitos, a los que nos hemos acostumbrado con el tiempo aunque a veces resulten ciertamente problemáticos o disfuncionales. Hay un conocido vídeo de Youtube en el que esto se explica con gran claridad y bastante gracia:


Para ayudarme en este proceso de cambio, que supone abandonar mi personal zona de confort como profesor, creo que puede ser muy útil disponer de una lista de ideas básicas a la que pueda remitirme en momentos de incertidumbre o de zozobra. Mi propuesta es la siguiente:

DECÁLOGO PARA EL CAMBIO

  1. PREPARA BIEN TUS CLASES. Si quieres que las cosas salgan bien, diseña cuidadosamente las actividades en el aula y evita las prisas, las chapuzas y las improvisaciones.
  2. EL ALUMNO ES EL CENTRO. Cuando estés planificando tus clases, en lugar de preguntarte "¿qué voy a hacer yo en el aula?" conviene que te preguntes "¿qué es lo que van a hacer mis alumnos para aprender en esta sesión?"
  3. DATE PERMISO PARA EQUIVOCARTE. Nadie es perfecto y nadie hace todo bien a la primera. Los alumnos también aprenden equivocándose. Dales permiso a ellos para cometer errores, y date permiso a ti mismo para fallar. Equivocarse no es ninguna tragedia. Sólo perdiendo el miedo al error se puede crecer y mejorar.
  4. HABLA MENOS TÚ Y DEJA HABLAR MÁS A LOS ALUMNOS. Pasarse la hora hablando no es una buena manera de enseñar. En Inglaterra aprendí una frase estupenda que resume esta idea: "Hablar no es enseñar, y enseñar no es aprender". También tienen otra igualmente buena: "Quien habla es quien aprende". Si hay un video en YouTube que explica lo que quieres contar, ¿por qué tienes que aburrir a tus alumnos hablando tú?
  5. ORIENTA A TUS ALUMNOS. Empieza las clases explicando brevemente qué es lo que vais a hacer en la sesión, y termínalas recapitulando qué es lo que hemos aprendido. Esto orienta a los alumnos y ayuda a centrar su atención.
  6. MUÉSTRATE COMO ERES EN CLASE. No tengas miedo a exponer tus sentimientos, tus ideas o tus opiniones en clase. Muestra a tus alumnos cómo lo que enseñas te apasiona, te interesa y te emociona. Date en primera persona si quieres que la comunicación con tus alumnos vaya más allá de un frío y formal intercambio de conceptos académicos.
  7. ESCUCHA Y APRENDE. En una clase el profesor no es el único que tiene cosas que enseñar. Los alumnos tienen mucho que aportar, y tú tienes mucho que aprender. Pero para ello hace falta que adoptes una actitud de apertura, de humildad y de escucha. Sólo así podrás, además de enseñar, también aprender de tus alumnos.
  8. CONFÍA EN TUS ALUMNOS.  Adoptar un estilo de enseñanza horizontal, colaborativo y participativo supone cambiar el modo de gestionar tu clase. En este modelo el poder ya no está completa y absolutamente en tus manos. Confía, pues, en tus alumnos, y cree en su capacidad para aprender y para organizarse en lugar de intentar controlar todo lo que ocurre en el aula.
  9. REDEFINE TUS EXPECTATIVAS. En el modelo de enseñanza-aprendizaje tradicional resultaba habitual que el profesor esperase de sus alumnos una conducta sumisa y un silencio completo. Pero en un modelo participativo y abierto el ruido, el movimiento y un cierto desorden aparente pueden ser necesarios y muy productivos para ayudar a los alumnos a aprender. Replantéate cuáles son tus expectativas para aprender a convivir con esta nueva situación.
  10. ENCUENTRA TU SITIO. Cuando te asalten las dudas, la angustia y la zozobra, recuerda que has sido tú quien ha elegido, desde la libertad, esta manera de vivir tus clases. Si sientes que te tambaleas, plantéate tan solo estas dos preguntas: a) ¿Están los alumnos felices, trabajando en un clima de seguridad y de respeto? b) ¿Están aprendiendo? Si la respuesta a las dos preguntas es afirmativa, entonces todo va bien y lo demás, sea lo que sea, no importa.

domingo, 11 de septiembre de 2016

¿Por qué cambiar?



Llevo casi veinte años trabajando en el mundo de la educación, y si tengo que ser sincero me parece que con unos resultados bastante buenos. ¿Por qué, entonces, esa idea de cambiar? Si todo funciona bien, si los alumnos aprenden y superan sus exámenes, si mis clases ya están preparadas y estructuradas, si mis compañeros me respetan y me valoran, ¿de dónde sale ese impulso por modificar mi manera de enseñar?
Posiblemente, el auténtico motivo del cambio sea mi sentimiento de insatisfacción. Es verdad que en mi trabajo las cosas salen bien, pero también es cierto que a menudo experimento una sensación de incomodidad con mi manera de enseñar. Pero posiblemente esta vaga impresión no habría sido capaz, por sí sola, de moverme a cambiar toda mi manera de vivir la educación. Lo que ha reforzado mi inquietud y lo que me ha movido a reflexionar más a fondo ha sido la oportunidad que he tenido de conocer de cerca otras maneras de enseñar y de aprender. Como profesor he tenido la rara y afortunada ocasión de visitar diversos países para conocer de primera mano cómo los docentes imparten sus clases en otros sistemas educativos. No resulta nada común este privilegio de poder observar en persona cómo se comporta ante sus alumnos un profesor finlandés, estadounidense, inglés o danés en una sesión real de clase. Y para mí ha sido toda una experiencia, al mismo tiempo deslumbrante y profundamente perturbadora. Porque una clase en Inglaterra o en Dinamarca no tiene nada que ver con una clase como las que yo, siendo estudiante en España, recibí, o como las que yo, siendo profesor, suelo impartir. En estos países resultaría escandaloso que el profesor se pasase, como yo a menudo hago, una hora entera hablando mientras los alumnos toman notas. Por el contrario, lo que hace el profesor es estimular a los alumnos para que interactúen, exploren, discutan, descubran, escriban, se muevan y aprendan por sí mismos todo lo posible. El enfoque, en lugar de estar centrado en el profesor, está más bien basado en el alumno, que se convierte así en el constructor de su propio aprendizaje.
Después de realizar innumerables cursos de formación para docentes, a estas alturas dispongo de una enorme batería de recursos y de materiales aplicables en este modelo constructivista de la enseñanza-aprendizaje. También tengo bastante elaborada mi propia reflexión personal sobre el tema, que me lleva a reconocer sin reservas la indiscutible superioridad de este enfoque participativo y dinámico de la educación si lo comparamos con el estilo rígido y vertical al que yo estaba acostumbrado. Ejemplos de excelencia, recursos materiales o buenas razones para el cambio no me faltan. Lo que me falta es decisión. Porque cuando pienso en sustituir mi antigua manera de enseñar por este estilo, para mí tan seductor como novedoso, siento tanta incertidumbre y tanto miedo que hasta ahora me ha resultado imposible poner en práctica en mis propias clases todo lo que he aprendido. Sin embargo, creo que ahora ha llegado el momento de cambiar.
Este verano, estimulado por un programa muy atractivo, me animé a participar en un curso de formación que se desarrollaba en Valencia con un título verdaderamente prometedor. Se llamaba "Una escuela para aprender a ser: coaching educativo y otras herramientas para el cambio".  En realidad, el mundo del coaching no me resulta desconocido, puesto que he tenido la suerte de participar en un excelente curso introductorio sobre el tema con Miriam Ortiz de Zárate, una de las integrantes del equipo que lleva el Centro de Estudios del Coaching. Este curso estimuló mi interés por seguir aprendiendo, y también me llevó a pensar cómo el coaching podría llevarse a la práctica en las aulas. Por eso el curso de Valencia me atrajo enseguida. Pero el curso, además de sesiones centradas en el coaching, también incluía otros muchos contenidos fascinantes, desde la aplicación del mindfulness al aula hasta la utilización de la práctica reflexiva para impulsar el cambio educativo. Esta última parte me interesó especialmente, porque vi en ella una ocasión excelente para lanzarme de una buena vez a llevar a mis clases ese modelo educativo que tan bien conozco desde el punto de vista teórico, pero que tanto me cuesta llevar a la práctica. Aprovechando que el curso tiene una fase no presencial, en la que es preciso llevar a cabo una aplicación a nuestra realidad de lo que hemos aprendido, espero que esta sea la ocasión ideal para emprender el camino. Este blog pretende ser, al mismo tiempo, un diario de ese cambio y un registro que documente este proceso de transformación en el que ahora me embarco. ¡Ojalá me sirva de verdad para cambiar y convertirme en algo parecido al profesor que verdaderamente quiero llegar a ser!